Bufff…

Hoy es uno de esos días en los que no te habrías levantado de la cama.
De 3 alarmas, antes de dormirme desactivé 2. La tercera la he parado a las 8:30 de la mañana con una precisión increíble: ya sabéis el rollo de parar las alarmas en los móviles táctiles no? Pues el mío es un nokia de pantalla insistiva, de las que tienes que insistirles con las uñas para que sepan que les tocas.

En fin, que para cuando he vuelto a abrir los ojos eran más de las 9:00 (¬¬ 9:07!).  Pero es de esas mañanas que te empiezan a venir a la mente frases como las que oí anoche del tipo: “le envío un mail al jefe diciéndole que me ha sentado el arroz con bogavante como una paliza” o “hoy no voy, y si eso me paso el viernes… qué cojones ni el viernes me paso, me cojo el puto puente entero. ¿O será un canteo?”, eso entre otras muchas variedades diferentes de mi invención.

Es uno de esos momentos, en los que sabes que tienes que levantarte pero no es sólo la cama la que te retiene, sino que tienes unos brazos calentitos rodeándote y se está a gusto no, lo siguiente. Pero el saber que en un rato podían estar llamándome por teléfono porque: “no me funciona el correo! ayúdame!”, “me sale un mensaje raro… es un virus?”, “Pues los franceses la han cagao bien con lo del servidor nuevo eh? porque resulta que bla bla bla…”, me  ha roto el karma de tal manera que he decidido levantarme y salir de ese mini refugio de paz matutina.

Tras desayunar, coger el maldito portátil del averno, el bolso y tener una pequeña discusión con Gally (que si meh! esto y meh! aquello otro) he cogido mi 106 bizcochito (me lo han dejao entre bizco y tuerto, criaturica), carretera y curro.

No sé si será la falta de sueño, o el exceso (cosa que dudo xD), o igual es estrés (o escuatro), o yo que cojones se… Pero ando últimamente entre tonta y gilipollas perdida.
¿Porqué? Bueno, es difícil de explicar. Entre que una es rara y que para que suelte prenda hay que fustigarla hasta casi la muerte…

El caso es que los que me conocen saben que algo raro hay, y no lo niego, pero si me cuesta reconocerlo. Y el problema no es otro que hablar. Diréis, pero chiquilla, si no hay quién te ponga freno delante del teclado, si escribes cada tostón que dan ganas de quemar el puto servidor que te aloja! Cierto es, pero creo que eso se debe a que mis manos si son capaces de escribir a la velocidad que van apareciendo las ideas en mi cabeza, o bien que mi cabeza se refrena porque aquí si tiene la posibilidad de rectificar las cosas, pensar y releerlo antes de darle a “Enter”. De viva voz no.

Sí, me cuesta. Me cuesta muchísimo decir las cosas. Hay que sacarlas con sacacorchos, o tenazas o extirpándolas directamente de mi cabeza. Igual es que me vienen tantas cosas que decir, que muchas veces me saturo, entro en bucle y no se con qué prioridad decirlas, ni sé cómo ni si debo decirlas, si será un error o un acierto… y me callo.
Me callo mientras esos cientos de cosas que decir siguen saliendo de mi mente, se dirigen como locos hacia mi boca, pero en se quedan bloqueados en alguna parte.

¿Porqué pasa esto? No lo sé. Pero si tengo claro que es malo. Y no es porque lo diga yo, es porque hoy ya me han dado dos buenas collejas.
Bueno, quiza en parte si sepa a que se debe esto. Y es a la gente. Gente en general, no entraré en detalles. Gente en la que confías, gente en la que deberías confiar y gente en la que nunca, jamás y bajo ningún concepto debiste confiar.
Son esas personas, su forma de ser, de actuar y de pensar las que muchas veces te hacen tragarte las cosas que quieres decir.
Igual hace tiempo pequé de ser excesivamente confiada, de pensar que cualquiera puede ser un Amigo (con mayúscula), pero al menos me alegra saber que no me di cuenta demasiado tarde de esto, aunque si para otras cosas. Esos días de contarse secretos entre amigos, y jurarse que nunca lo vas a decir a nadie. No hablo de días muy lejanos, sólo me haría falta volver unos 5 años atrás para poner un ejemplo, pero paso. Esa gente, esos “amigos”, los cuales utilizan la confianza que has depositado en ellos para limpiarse el culete, son los que con el paso del tiempo te van, no obligando, pero si haciéndote medir cada palabra que dices. Tampoco me refiero a secretos de vida o muerte, o un número pin de tarjeta de crédito (gracias a Elune…), pero a cosas que consideras importantes y que no te apetece pregonar a los cuatro vientos, sino compartirlas con tu gente y punto.

Bien, sinceramente el record de propagación de un “secreto” fueron de unos 25 minutos, tiempo que tardó la persona informada de recorer los escasos ¿600 metros? que separaban el trabajo del lugar donde había quedado con otra gente y que la dejasen hablar. Lo cual terminó con follones y líos que ahora los recuerdo y me parto, pero en su día me pusieron de una mala ostia épica.

No sé que clase de placer secreto (xD) debe dar eso de ir contando vidas ajenas, cuando la otra persona te ha informado de ello por el nivel de confianza que hay entre ambos, pero debe ser la ostia dado el número de gente a la que le encanta hacerlo, ¿supera un orgasmo?
Volviendo al tema. Esto es como quemarte con el horno al sacar una pizza, que te vas a quemar una vez pero las siguientes andarás con más ojo. Siempre puede ocurrir que por un despiste vuelvas a quemarte, pero ésta vez, seguro que te ha parecido que dolía menos. Ésto es lo mismo, o al menos así lo veo yo. Me la vas a pegar una vez, quizá dos, incluso puede que hasta 3 o 4 (que soy muy idiota), pero las siguientes me cuidaré muy bien de dejarte joderme una más. Esto con el tiempo te acaba marcando de tal manera que cada vez que pasa algo, te callas. Y te vas tragando toooodo el reguero de cosas que te vienen a la boca, hasta que llega el día en que te acostumbras a eso, a nunca decir nada.

Pero ojo, no siempre el estar callada conlleva que lo que me guarde dentro sea malo. Lo que me pasa ultimamente es que me abruma de tal manera tener tantas cosas dentro y no ser capaz de decirlas que no solo me hago daño yo, sino a la gente que quiero.
Sabéis que puedo pegarme horas hablando como si me hubieran puesto unas duracell, o incluso enchufado a la corriente eléctrica, sin perder fuelle hasta quedarme sin voz. Pero que también puedo pegarme horas escuchando, sin abrir la boca más que para toser o beber, mirando, sonriendo o asintiendo a los que me rodean.

Lo que decía, mi silencio no es malo en este caso, al contrario, es bueno o así lo veo yo.  Me refiero a que lo que sale de mi cabezota no son grandes secretos, ni cosas que nadie sepa o deba saber. Joder es justo lo contrario, cosas que la gente ya sabe, que son un grito al viento, que se ven, que se sienten y que mi boca no es capaz de decir.

Me agobian esos momento que lo único que tienes son frases rebotando dentro de tu cabeza. Intentando ponerlas en orden y en calma para decirlas poco a poco y con calma. Pero se ve que la tranquilidad no es lo mío.

Y en esos momentos de silencio, donde incluso te preguntan “¿En qué piensas?”  Se te amontonan las palabras al fondo de la garganta y lo único que alcanzas a responder es con una sonrisa y un triste “en nada”.
En nada…

Con lo fácil que habría sido decir, haciendo una breve selección de pensamientos ahora mismo: “En que me encantas” , “En que adoro tu sonrisa”, “En que no sabes lo afortunada que me siento por tenerte conmigo”, “No tienes ni idea de lo feliz que me haces”, “En que te quiero” …

 

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